Un presidente cantando folklore, artistas respondiendo y festivales convertidos en espacios de debate. La grieta se coló en la música y también interpela a Chilecito, donde vuelve a discutirse qué festival queremos: uno cerrado, limitado, o un verdadero punto de encuentro cultural.
La imagen del presidente Javier Milei cantando en un festival popular fue mucho más que una postal llamativa. Marcó un quiebre simbólico. El mismo dirigente que durante años cuestionó los festivales financiados por el Estado y apuntó contra artistas que participaban de ellos, terminó apropiándose de ese escenario que antes desestimaba. “Este festival de Jesús María tan importante para el país y tan bien que nos hace quedar en todo el mundo por el respeto y valor de nuestras tradiciones”, dijo durante El Festival de Jesús María
Lali, una de las artistas más cuestionadas por el propio presidente en otros momentos, escribió en X: “Qué sorpresa, qué alegría, larga vida a los festivales populares”. Un mensaje breve, pero contundente, que volvió a poner en valor estos espacios como parte del patrimonio cultural colectivo.
Y el comentario de Sergio Galleguillo en pleno Chayero, se refirió al Presidente: “Estaría muy bueno que venga a la Chaya… Hay que sentarse a hablar para que la gente no esté tan mal”. El artista destacó que la música y la cultura son herramientas para unir a la gente.
LA POLÍTICA YA NO SE ESCONDE EN LOS FESTIVALES. ESTÁ ARRIBA DEL ESCENARIO, EN EL MICRÓFONO Y EN CADA GESTO.
Los festivales ya no son solo música, danza y tradición. El escenario amplifica lo que pasa en la calle. Y, aunque incomode, la grieta también canta.
En ese contexto nacional, mirar hacia Chilecito duele un poco más. Nuestra ciudad perdió hace algunos años la fuerza y la identidad de un gran festival que nos representaba. No fue de golpe: se fue apagando con decisiones erradas, falta de visión y una creciente desconexión con la comunidad. Mientras otros festivales del país se resignifican y crecen, acá seguimos buscando cómo recuperar ese espacio que alguna vez nos unió más allá de cualquier diferencia.
La decisión de cerrar los festivales únicamente a artistas locales, la intención de apoyar a los músicos de nuestra ciudad es válida y necesaria, pero convertirla en una regla absoluta puede terminar empobreciendo la propuesta. Los festivales populares crecen cuando combinan identidad local con APERTURA, sin perder lo propio.
El Festival de Jesús María es un ejemplo claro de organización comunitaria y social. No responde a la lógica de una empresa privada tradicional, sino a una estructura cooperativa, con fuerte participación de la comunidad y un sentido colectivo que lo sostiene y legitima.
Los festivales no son solo grillas ni escenarios. Son espacios de encuentro, identidad y construcción social. Cerrarlos desde la grieta ideológica o desde una mirada excesivamente localista es perder de vista su esencia.
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