Un simple posteo realizado en redes sociales por Marcela, una vecina de Chilecito, volvió a poner sobre la mesa una verdad tan incómoda como esperanzadora: La pregunta disparadora fue: “¿Qué podemos hacer para intentar mejorar nuestra economía? ¿Puede ser que no haya ninguna Propuesta? Me niego a pensar que los Chileciteños no somos capaces de intentar generar algo”
Lo valioso no fue solo la variedad de respuestas, sino su origen. No llegaron desde escritorios técnicos ni consultoras costosas, sino desde vecinos y vecinas comunes, con sentido de pertenencia y conocimiento real del territorio. Ideas simples, de bajo costo, pero con alto impacto social y económico. Una ciudad cuidada atrae, genera movimiento y construye identidad. Y eso, en términos de desarrollo, vale tanto como el dinero.
Entre tantas opiniones, una idea se repitió con fuerza y claridad: Chilecito puede y debe apostar al turismo. “Tenemos todo”, se repitió: paisajes, historia, cultura y una ubicación privilegiada sobre la Ruta 40; lo que falta es decisión, organización y trabajo en conjunto. Las propuestas son simples y posibles: mejorar caminos, accesos reales a ríos y cerros algunos alambrados, crear balnearios sencillos en zonas como Miranda, desarrollar embalses para pesca y actividades acuáticas, impulsar parques lineales con ferias de productos regionales, ordenar la oferta gastronómica y hacerla accesible en horarios razonables. No hacen falta grandes obras, sino gestión, reglas claras y voluntad de avanzar.
Autocrítica que atraviesa las respuestas: lo que más perjudica al turismo es la basura que generamos y el descuido de los espacios públicos, con paisajes dañados, normas de separación de residuos que no se cumplen y cifras alarmantes de desechos diarios, lo que demuestra que cuidar y educar no es solo una cuestión ambiental sino una política turística clave; a esto se suma la necesidad de aprender a recibir al visitante, fortaleciendo servicios, hospitalidad, experiencias, precios razonables y propuestas complementarias, entendiendo que el turismo no es solo paisaje, y que mirar ejemplos cercanos como Mendoza o Catamarca no es copiar, sino aprender que sí se puede.
En el debate quedó en evidencia una tensión clara: sin leyes, planificación ni un Estado presente, muchas ideas chocan con límites reales como los costos, los impuestos y viejas decisiones políticas, pero también se reafirmó que sin definir un perfil claro de ciudad los recursos siempre se dispersan; Chilecito no es pobre y parte de la salida no está en esperar fondos que no llegan, sino en activarse como comunidad, organizarse y exigir un rumbo definido, donde el turismo surge como una industria limpia, integradora y generadora de empleo capaz de impulsar el desarrollo local.
Tal vez el futuro no esté tan lejos ni tan oculto. Quizás ya esté escrito, en los comentarios de una red social, esperando que alguien, desde el Estado o desde la comunidad, los lea con atención y los transforme en acción. Porque, a veces, las mejores ideas nacen en la calle.
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