Último mes del año, tiempo de balances, de emociones mezcladas, de esperanzas nuevas… y también de realidades que duelen. Entre ellas, los sueldos públicos, que vaya donde vaya, son el centro de todas las conversaciones: en la calle, en la cola del súper, en el trabajo, en la sobremesa.
La mayoría de los empleados públicos percibe sueldos que apenas alcanzan para cubrir lo esencial, muy por debajo de lo necesario para vivir con dignidad. Esto lleva a preguntarnos: si somos tantos los estatales que cobramos, ¿por qué la economía local no se mueve como debería?
La respuesta es sencilla: porque cuando el ingreso apenas alcanza para lo básico, uno no consume. Uno calcula, ajusta, reacomoda, posterga. Y si yo no consumo, mi vecino tampoco y mis compañeros tampoco… entonces el famoso “circuito interno” simplemente no existe.
A veces se dice que “el empleo público sostiene la economía local”. Ojalá fuera así. Pero cuando el sueldo se evapora pagando alimentos, luz, escuela, transporte y algún imprevisto, ¿qué queda?
Para que una familia tipo no sea pobre en La Rioja hoy necesita unos $1.200.000 a $1.250.000 al mes. Solo para “vivir justo”, sin lujos.
Y la canasta alimentaria, el límite para no ser indigente, ronda los $546.000. ¿Cómo hace una familia con un solo ingreso estatal de aproximadamente $639.000?
Mientras tanto, en Chilecito, la Cámara de Comercio emitió un manifiesto en el que advierte que la situación económica es insostenible: obra pública paralizada, industrias cerradas, cientos de trabajadores en la calle, comercios vacíos, impuestos desbordados y una competencia informal promovida por el propio Estado. Una tormenta perfecta. Y, en medio de todo eso, salarios pulverizados por aumentos de precios constantes, combustibles que suben cada tres días y una supuesta baja de inflación que nadie ve cuando va a comprar.
DICIEMBRE NOS RECUERDA ALGO. NOS RECUERDA QUE MERECEMOS MÁS QUE AGUANTAR. MERECEMOS VIVIR.
ELEUTERIA
